¿A donde van los gatos cuando mueren?


Nunca me había hecho esa pregunta. Siempre vi a los gatos como seres distantes, nunca los vi morir. Quizás hoy la melancolia de perder a un viejo amigo gatuno me hace buscar esa respuesta. 
Los gatos, o los que he tenido como amigos, me han enseñado que su forma de dar cariño no es preciso ni mucho menos expresivo. Y ese pequeño detalle de un movimiento mínimo de cola, un maullido sutil o el quedarse dormido no a mis pies, sino a mi lado junto a mi pecho en la cama me han reconfortado con un amor al que llamare gatuno, porque es único. Algo que no se encuentra en muchos lugares. Ojala todos pudieran conocer ese lado de los místicos gatos. 

Son animales raros. Son tigres hogareños. Muerden y rasguñan. Comen y duermen. Saltan con agilidad y vuelven a dormir. Su vida es descomplicada y mas aún si la comparamos con la de los perros. 

En fin. A donde irán estos seres de orejas triangulares y ojos únicos. ¿Un cielo de gatos? Sin perros ni fastidiosos cortes de uña. No lo se. Espero que a donde vayan sean tan felices como lo fueron en la tierra y mucho más. Quizás se quedarán durmiendo en alguna caja esperando que su dueño les visite. Quizás migran a otros gatos buscando a sus dueños. En fin. No olvidare los ojos de mis gatos. Son animales, como todos, especiales, nobles y sin maldad. A los que hay que cuidar y amar. 

Espero que esta lectura pueda reconfortar el ausente ronroneo de quienes se despidieron de sus amigos gatunos. 

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